Himnos nostálgicos de la otrora gloriosa Europa, ensayos de revisionismo histórico, documentales, películas e información en general de los últimos bastiones del idealismo heroico: las terceras posiciones del siglo XX.
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sábado, 27 de septiembre de 2014
Miguel Serrano - El último encuentro con Carl Jung
Son las seis de la mañana del día 8 de junio. Abro las puertas de mi cuarto en Nueva Delhi, que da a una pequeña terracita blanca, que ya refulge con el sol. El calor tremendo de junio comienza temprano. Estoy semidesnudo y empezaré mis ejercicios yogis de adoración al sol, el "Suryanamaskar". El verdor increíble de los árboles, aun en este tiempo, el canto de infinidad de pájaros me saludan. Un sirviente local, con turbante, se acerca con ese andar cadencioso de los indios y me dice: "Salam, Sahib". Es su saludo respetuoso. Me extiende un papel. Es un telegrama. Lo abro sin apuro, casi sin poner atención. Veo que viene de Zurich y me extraña que así sea. Empiezo a leerlo y quedo perplejo. El cable dice así: "El Dr. Jung murió ayer a mediodía, apaciblemente. Recuerdos". Lo firman Beiley y Jaffe. La señorita norteamericana que acompañaba al Dr. Jung, llevándole a su casa, una mujer extraordinaria, y su secretaria privada, de nacionalidad suiza.
Una emoción grande me inmoviliza ahí, con los ojos húmedos, tal vez por el sol tan intenso, o quizás no. Hace tan poco que he estado con el Dr. Jung en su casa de Küsnacht, junto al lago de Zurich. Tal vez habré sido el último amigo extranjero que le viera. Esta noticia me ha llegado al alma. Mis relaciones con ese gran hombre, con ese genio extraordinario, han sido en verdad únicas. (...) He tenido la suerte enorme de ser prologado por Jung, siendo la primera vez y la última que él diera un prólogo para una obra puramente literaria.
Recibí una carta suya cuando nuestros terremotos del año pasado. Me decía: "Aunque los hombres de ciencia modernos no lo acepten, hay una relación entre el alma y la Naturaleza. La Madre Naturaleza se pone ahora a tono con nuestra civilización y empieza también a destruir. Por desgracia le ha tocado a su país. ¡Cuánto he pensado en Chile últimamente!".
El recuerdo vuela, veo su imagen, la tengo presente. Llegué hace muy poco a su casa bajo una fina lluvia. La casa de Jung queda en las afueras de Zurich, en Küsnacht. En el pórtico de la entrada se lee una frase en latín, que dice, más o menos: "Piénsese o no en Dios. El está siempre presente". Adentro hay cuadros y objetos bellos, grabados antiguos, pinturas medievales. Me recibió la señorita Beiley, quien me invitó a pasar a una salita en donde sirvió el té.
Hablamos del Dr. Jung. Ella me dijo que no había estado bien los últimos días, sintiéndose muy cansado a causa de un trabajo intenso en un ensayo de ochenta páginas que había escrito a mano, como siempre, directamente en inglés, para una publicación norteamericana que aparecerá próximamente con el título de El hombre y sus mitos. La señorita Beiley está preocupada. Me cuenta que Jung le ha dicho: "Deseo partir, pero usted me sujeta aquí". Ella no lo cree, pues piensa que el Dr. Jung todavía siente atracción por la vida y la tierra: "Tiene aún demasiado sentido del humor, dice, demasiado entusiasmo". (...) Acabo de encontrarme en Montagnola, en la Suiza italiana, con Hermann Hesse y le he preguntado sobre lo mismo. El me ha dicho que "morir es ir al Inconsciente colectivo de Jung, para luego, desde ahí, volver a las formas, a las formas...". Hesse también me ha dicho que "Jung es un gigante, una montaña gigantesca de nuestro tiempo". Y me ha pedido que le lleve sus saludos, "los saludos del Lobo Estepario", ha dicho.
Jung no ha estado bien, en verdad, pero no padece de enfermedad alguna. Ese día se ha sentido mejor y se ha levantado para recibirme. La señorita Beiley me pide que subamos, pero me recomienda que no me quede mucho tiempo para no cansarle. Entramos a su cuarto de trabajo. Y allí está Jung, sobre su silla, junto a la ventana que da al lago. Tiene puesta una bata japonesa que le hace parecer un monje del budismo zen, un samurai antiguo o un mago de otros tiempos. Le nimba una luz de atardecer y le rodean grabados de la alquimia y un gran cuadro del dios hindú Shiva, sobre la cima del Monte Kailash. (...)
El sonríe con ésa, su sonrisa, llena de malicia, de sabiduría y de bondad. Estira su mano hacia su pipa, pero no la alcanza. Le digo: "Qué bella bata japonesa". Es una bata ceremonial. Saco de mi bolsillo una cajita de Cachemira, que le he traído de regalo. Él la mira y me dice: "Es de turquesa". Y luego agrega: "No he estado nunca en Cachemira, recorrí el sur de la India, Madora, todas esas zonas tan "Interesantes"". Luego me habla de los hindúes y de los chinos, se refiere a un libro de un maestro chino del budismo zen, cuyo nombre no recuerdo ahora, y dice que es lo mejor que ha leído al respecto. Le doy los saludos de Hermann Hesse y le cuento mi conversación sobre la muerte con el escritor. Le explico que le he preguntado si hay importancia en saber si existe algo más allá de la muerte. Jung medita un rato y afirma que la pregunta ha sido mal hecha, que debí preguntar "si hay alguna razón para creer que exista algo más allá de la muerte".
Yo le pregunto ahora al Dr. Jung: "¿Y qué cree usted, hay?". Me responde: "Si la mente puede actuar al margen del cerebro, entonces funciona al margen del espacio y del tiempo. Y si la mente funciona al margen del espacio y del tiempo, es incorruptible".
- ¿Y qué cree usted, doctor, qué piensa?
"He visto hombres heridos a bala en el cerebro, durante la guerra, con todas sus funciones cerebrales paralizadas y, sin embargo, tienen sueños y los recuerdan después. ¿Qué es lo que sueñan? Hay niños pequeños, que aún no tienen un yo definido, con su conciencia difusa, repartido en el cuerpo, quienes tienen sueños personales y profundos que les marcan para toda la vida. Ahí no hay yo. ¿Qué es eso otro que sueñan?".
- ¿Cree usted, doctor, que exista algo así como un cuerpo sutil, astral, el "Linga-Sarira", de la filosofía hindú, que se desprenda con la muerte?
"No lo sé; pero he visto materializar objetos y a los mediums mover objetos a distancia sin tocarlos con el cuerpo físico".
El doctor prosigue:
"Hace algún tiempo estuve muy enfermo, en estado casi de coma; todos creían que moriría y tal vez pensaban que sufría mucho, porque en ese estado a menudo el cuerpo hace creer que está sufriendo. Pero en verdad, yo tenía la impresión de flotar y experimentaba una sensación maravillosa de libertad. Después lo recordé.
El doctor Jung llevaba siempre en su mano izquierda un anillo con una gema gnóstica. Egipcia. Hablamos del significado de ese anillo y él lo explicó: "Todos estos símbolos, me dijo, están vivos en mí". Era maravillosa su memoria, y su cultura increíble, aún a los 85 años.
Hablaba a veces como un poeta, como un mago, como un místico. Una vez me dijo: "Mi mensaje no es entendido plenamente; sólo los poetas me comprenden".
Ahora le pregunto:
- ¿Qué va a pasar con el hombre, en la supercivilización técnica que se avecina? ¿Cree usted que alguien volverá a preocuparse, dentro de veinte años, del espíritu de los símbolos, en plena era de los viajes interplanetarios con los "sputnik", los Gagarin y los Shepard? ¿No llegará a aparecer el espíritu, "démodé"?
El doctor Jung sonríe maliciosamente, y afirma:
-Tarde o temprano el hombre tendrá que volver a sí mismo, aunque desde los astros. Todo esto que está pasando es una forma extrema de escapismo porque es más fácil llegar a Marte que encontrarse a sí mismo. Si el hombre no se encuentra a sí mismo, entonces corre el más grande de todos los peligros: su aniquilación. También en los viajes al espacio exterior hay un inconsciente intento de solucionar el más grave de todos los problemas que el hombre deberá afrontar en el futuro: la superpoblación.
El doctor Jung iba a seguir hablando sobre este tema importantísimo cuando la señorita Beiley entró a decir que la hija y el yerno del doctor Jung estaban esperando. Mi promesa de una conversación breve no se había cumplido.
Pero ahora sé que no importa, pues mi entrevista iba a ser la última. Y algo tal vez me lo indicaba de este modo, pues al llegar a la puerta me detuve y volví la cabeza. Jung estaba ahí mirándome fijamente, con su suave sonrisa y levantaba su mano para hacerme un gesto de despedida. El último. Su mano con el anillo gnóstico. Me incliné respetuosamente.
viernes, 26 de septiembre de 2014
Miguel Serrano - Con Ezra Pound
Hace años, en Venecia, frente a esa estatua de piedra, que no hablaba –hubo un tiempo en que las rocas hablaron- empecé a dejar correr palabras y palabras, y, entre otras cosas, dije: “En setecientos años más el laurel florecerá de nuevo. Sea feliz, en setecientos años más usted volverá a perder…”.
Sabía que Ezra Pound era seguidor del dios de los perdedores en este mundo, en el período oscuro del Hierro, llamado por los indúes Kaliyuga. Él era también un acólito del maltratado y desprestigiado Lucifer, puede que, sin saberlo, del Lucibel de los cátaros, Apolo, Abraxas, Krishna, Siva y también Quenós, de los selnam; el portador, o Anunciador de la luz, de la Estrella de la Mañana, la que avisa la llegada del nuevo sol y se retira luego, a la espera de un mundo más noble, más puro, donde se fueron los héroes y los gigantes.
Comencé a narrarle a Pound mi peregrinación a Montsegur y le hablé de la Sierra Maladetta, por donde Bertrand de Born, trovador que él amara y tradujera, se dejó morir por congelación, según nos cuenta Otto Rahn, en su libro “La Corte de Lucifer”. Fue en ese momento cuando la roca hizo un gesto, y una luz de alegría la envolvió. Es que Ezra Pound había escalado Montsegur. También él era un herético y un guerrero.
Tuve una idea, algo así como si un secreto me fuera revelado: Ezra Pound se hallaba incorporado en una tradición luciferina que venía de los orígenes. A través de sus manos, sin que él fuera totalmente consciente del suceso, pasaba el Cordón Dorado de esta tradición viril y guerrera. El interés de Pound, en su juventud, por el Poema del Cid, por el Cantar de Roldán, por Parsifal, por las canciones y la civilización de los trovadores del Languedoc, le hizo representante en nuestro tiempo de los que combatieron por un mundo no asentado en la usura, así como los templarios lucharon una vez por organizar las bases de un sistema económico más espiritual y justo. De no haber sido destruido prematuramente este intento, pudo llevar a la Tierra en la Era de Piscis a un desarrollo muy distinto, en otra dirección, redescubriendo una técnica espiritualizada, capaz de transfigurar la Tierra, sin destruirla en el cataclismo que se ve venir, como efecto de una tecnología burda, mecanicista, enredada en los engranajes satánicos de la usura y de la sociedad de consumo, del racionalismo y del materialismo colectivista del universo de masas.
Ezra Pound apoyó en la Segunda Guerra Mundial al fascismo italiano y al nazismo alemán, creyendo ver en ellos un sistema económico social no asentado en la usura, también con una tecnología y ciencia diferentes, un organismo que encuentra sus raíces metafísicas en una Tierra purificada y vital. Ahora bien, se sabe, porque hay documentos que lo prueban, que la organización de las SS del Hitlerismo (SS es abreviatura de la palabra alemana Schutzstaffel, originalmente Grupo de Protección) estaba inspirado en la Orden Templaria. En sus capas dirigentes secretas poseía un tipo de iniciación esotérica, además de varios centros de instrucción en castillos distribuidos en distintas zonas, a la manera de Gendarmerías templarias. Las SS pretendían construir ciudades en los confines de Europa, en el Cáucaso, en la Rochelle, en el Mediodía de Francia, puede que en Montsegur, al finalizar la Guerra, liberándolas de impuestos y donde el dinero no tuviese valor y el comercio constituyera un vínculo espiritual como en la antigüedad. Hoy se pretende desconocer el sistema social y económico nuevo, mejor dicho viejísimo, que intentaron establecer el fascismo y el nazismo y se llama tendenciosamente fascista a cualquier régimen autoritario o dictadura, que no sea de tendencia marxista, que se entronice en el poder en algún punto de la Tierra.
Por ese tipo de razones, Ezra Pound se puso al lado de Italia y Alemania en la gran guerra y contra su propio país de nacimiento, en el que vio el símbolo de lo opuesto, de una economía, una técnica, un sistema de vida basados en la usura, como él mismo dijera. Ezra Pound perdió, y fue encerrado en una jaula de hierro, en Pisa, como bestia feroz, y se le mantuvo a la intemperie, al frío y al sol. Luego se le llevó a un sanatorio de locos en los Estados Unidos de América, donde permaneció trece años, los mejores de la vida de un hombre. ¡Al más grande poeta de su tiempo, que diera a conocer a Joyce, que ayudara a escribir a Elliot, tradujera a Confucio e interpretara el I Ching! Lo mismo se hizo en Noruega, y por idéntica razón, con Knut Hamsun. También su Guía, perdedor en una batalla de extraterrestres, fue torturado, calumniado y, por último, encadenado en los hielos del Polo Norte, donde un día hiciera florecer la Última Tule. Los perdedores son siempre transformados aquí en los demonios históricos legendarios; lo es Ravana, derrotado por Rama; lo es Luzbel.
Si Ezra Pound se equivocó, ¡bien! Ya lo dice Platón: “Todas las grandes cosas se edifican en el peligro”. Y Heidegger: “Quien pensó en gran escala, debió errar en gran escala”.
martes, 23 de septiembre de 2014
Federico Rivanera Carlés - El cautiverio y la muerte de Rudolf Hess
"Ni los ministros, ni los tribunales aliados, ni los comisarios soviéticos, pueden cambiar un destino." (Rudolf Hess, 1947)
El monstruosamente largo cautiverio de Rudolf Hess, que no pudo mellar su voluntad de acero, y el hecho de que fuera asesinado por los aliados judeobolcheviques y judeocapitalistas, demuestra una vez más la genial clarividencia de Adolf Hitler al designarlo su sucesor. En esa ocasión el Führer señaló: "Mi sucesor será el más capaz, es decir, el más valiente". El Führer sustituto demostró que Hitler tampoco en esto se equivocó (a diferencia de otros personajes contemporáneos) y con su martirio le proporcionó otro brillante triunfo póstumo, poniendo de manifiesto de modo incontrastable la superioridad absoluta del Nacionalsocialismo sobre sus vencedores materiales de 1945, puesto que ha sido capaz de forjar hombres de la talla de Hess. ¿Qué dirigente democrático o comunista hubiera resistido como Hess? ¿Os imagináis al borracho de Churchill, al débil paralítico Roosevelt o al rollizo gozador Stalin presos, durante 46 años, en Spandau? Que esto es así lo prueba la insólita premura en demoler un monumento histórico como dicha fortaleza, a fin de evitar que se convierta en "santuario de los nazis".
Todos los hechos gloriosos y esforzados protagonizados por el gran Hess antes de caer prisionero, empalidecen ante su heroico cautiverio, el cual configura una verdadera epopeya, signada por la valentía -hasta el grado del martirio- y el honor, que era para él un valor más alto que su libertad.
Cualquier bastardo morfinómano, cualquier homosexual, cobarde terrorista bolchevique o delincuente judío tiene numerosos abogados, incluso importantes dignatarios religiosos, pero, en cambio, no hubo derechos humanos para el sucesor de Adolf Hitler. Porque no traicionó, porque no cedió, porque siguió fiel a la Bandera, a la Raza y a Occidente.
Los Héroes no mueren jamás. Permanecen eternamente victoriosos y viven en la memoria de la Raza a través de sus grandes hechos. Pese a la propaganda saturante y al deleznable materialismo, una nueva generación tomará la espada llameante de Rudolf Hess y se lanzará a la lucha contra las fuerzas del mal, es decir, contra los asesinos del sucesor de Adolf Hitler y los vencerá definitivamente. Entonces, cuando pase este tiempo de decadencia y de traición, su gigantesca figura será honrada por un mundo liberado, que habrá comprendido que el camino de la libertad es el Ideario que defendió de manera tan singular Rudolf Hess. Junto al tradicional "¡Heil Hitler!", un nuevo grito estremece a la Ariandad: "¡Hess no morirá!".
domingo, 21 de septiembre de 2014
León Degrelle - Tu camino
Tu camino es duro. Te falta aliento. Hay momentos en que quisieras arrojar al suelo esa módula que te pesa, dejarte arrastrar por la pendiente y llegar a las granjas que humean allá abajo, como redes de azul sobre el fondo verde y gris de los prados y de los techos de pizarra.
Sientes nostalgia del agua que duerme, y de los juncos claros, del remo que salpica y del sendero llano, sin esfuerzo, a lo largo de la ribera.
Quisieras no pensar en nada, lavar tu pensamiento del recuerdo de los hombres, y, tendido sobre la hierba, mirar el cielo que pasa, surcado por el vuelo de un pájaro.
Pero no, ¡hay que seguir! No tirarás la mochila, ni dejarás caer el bastón. No mirarás tus rodillas ensangrentadas. No escucharás el clamor de los odios, ni mirarás esos ojos que sonríen maldades escondidas. Arriba es donde hay que mirar.
¡No debe vivir tu cuerpo más que para los lazos que le aprietan; tu corazón sólo debe soñar en esas cimas que tú, y los otros, debéis alcanzar!
Cuéntame, hasta el fondo, tu amargura... Creías en una inmensa alegría en cuanto llegases a lo alto, conduciendo el rebaño humano. ¡Cuánto habrás sufrido! A veces, habrás sentido asco. Lo necesitabas. Era preciso que aprendieses la lección de que las ambiciones no pagan nunca y que, tarde o temprano, abandonan al corazón que habían poseído. Ahora lo sabes ya. ¿No es cierto? Sabes ya que no hay que esperar que sea duradera ninguna de las alegrías que vienen de fuera; has aprendido a dudar de la ayuda que te pueden dar los hombres; si tu cara se enrojece, no será por las caricias, sino por los golpes de los demás.
Sin duda, no pensabas que esto fuera así. Imaginabas que, a lo largo del camino, las manos y las miradas de los demás se tenderían hacia ti, para calmar tu fiebre...
Entonces, tal vez reflexiones y decidas volver abajo.
No, hijo mío, ahora es cuando la vida empieza a ser, de verdad, hermosa, porque hemos sufrido en ella, y sólo con nuestro único esfuerzo la podremos sobrellevar.
¿Recuerdas los primeros días...? Deseabas que la ascensión fuera maravillosa, es cierto. Ibas nada menos que a liberar tu alma.
Pero recuerda lo que es capaz de llevar el hombre escondido.
¿No es cierto que creías en ese turbio placer del demonio y de los honores?
Sí, tal vez no deseabas crudamente todo esto y tenías, para juzgarlo, palabras bastante sinceras. Pero todo ello florecía, sin embargo, al borde de tus acciones, como la espuma al borde del mar. Pensabas, lealmente, que no vivías para esa orla luminosa, bella, porque estabas lejos en el confín de las playas. Pero la tentación estaba viva en tu corazón. Querías algo grande, aunque todavía tenías junto a ti, entero, tu pensamiento. Tu orgullo te consentía una violencia, un tanto cobarde.
Estabas dispuesto a cumplir tu deber.
Pero dejabas a tu conciencia añadir, en voz baja, que tal vez el deber podría coincidir con el renombre y con la ambición.
Ahora no lo crees ya y, por eso, tus ojos tienen melancólicos reflejos glaucos.
Miras al vacío. Y no debe ser así. Mira derecho, de frente, para despreciar todo lo que amabas, a pesar de que no era puro.
Los que te sublevan tantas veces, por su maldad y sus injusticias, te han ayudado más que tú mismo.
¿Lo niegas? ¿Dices que has dado en vano tu cuerpo y tu aliento, tu corazón y tu pensamiento?
¿En vano? ¿Por qué no te has dado a ellos, más dado?
¡Sólo ahora es cuando empezarás a entregarte por entero!
Era preciso que te aniquilaran las maldades de los otros. Era preciso que en la hora en que creías que ibas a hundirte, agotada tu resistencia, en las burlas de los demás y en sus desprecios, hicieras pie para seguir...
Era preciso que todos tus gestos de amor estuvieran salpicados de odio, que todos tus impulsos se mancharan, que cada palpitación de tu corazón se acompañara de un golpe en tu rostro...
Has conocido tantas veces esos últimos metros angustiosos, en que sonreías ante la meta, a pesar del sudor y de la palidez. ¡Y un segundo después rodabas, traicionado por los tuyos, perseguido por los otros! ¡Había que empezar de nuevo...!
Y, siempre, el vacío engañoso del valle te atraía y los álamos, temblorosos, parecían llamarte como una hilera de navíos, sobre el mar de los días fáciles.
Has sufrido el rigor de los combates. Te has dicho a ti mismo que cualquiera que sea la victoria, el precio es demasiado caro y no la quieres comprar.
Pensabas siempre en ti mismo, sí, para ti mismo, tan sólo por el placer humano de haber llegado al final; pero el mercado era puro engaño. Mas, si la vida no te hubiera abofeteado cien veces, ¿hubieras, acaso, comprendido, jamás, que existen otros placeres además del orgullo, de las sonrisas aduladoras y de la gloria?
¡Has adivinado la hipocresía en tantos rostros! ¡Has descubierto todas sus mentiras, toda su hiel, todas las bajezas que te tenían guardadas! ¡Esto, cada vez que emprendes el camino!
Ya no tienes derecho a nada.
Esa mirada que te vigila, esa mano que se tiende hacia a ti, esa palabra de aliento, se cargarán de oprobio y oirás el rumor confuso de los odios viperinos.
En la hora suprema de haberlo dado todo, dirán que eres un ambicioso.
En el momento en que tu corazón se sienta totalmente abandonado, te pedirán los más viles servicios.
¿Vuelves el rostro para que no te vean, a pesar tuyo, llorar? ¿Por qué? ¿Es que piensas, aún, en ti mismo? ¿Sufres todavía de la injusticia, cuando, en realidad, se trata sólo de un problema tuyo?
¡Qué trabajo le cuesta al hombre desprenderese del hombre!
¡Déjales que se abatan sobre tu vida como chacales, déjales reírse de tus sueños, déjales abrir, a todos los vientos, el secreto de tu corazón!
Sufre, que te arrojen a las bestias de la envidia, de la calumnia, de las bajezas. Soporta, sobre todo - y nada te mortificará más que ello - , que, en el trance en que no puedas más, y tus rodillas se doblen y tus ojos busquen en el aire una mirada, y tus brazos una mano amiga, entonces, cuando estés pendiente de esa palabra y de esa mirada, la palabra caerá sobre ti para deshacerte, y la mirada para hacerte sufrir; acepta, en fin, que los que quieren aniquilarte sean los que más cerca tenías, aquellos a quienes te habías abandonado, aquellos a quienes tan ingenuamente amabas, sin reservas, sin una sola reticencia.
Tus ojos tienen una angustia más patética que un grito. ¡No grites, empero! Espera a que todo lo que ayer sufriste se renueve mañana. Acéptalo de antemano. No te vuelvas, siquiera, al oír, detrás de ti, ese atroz murmullo. Bendice los golpes que recibas. Ama a los que vendrán después. Te serán más útiles que los corazones que, en verdad, te aman.
Tal vez encontrarás un día, o acaso has encontrado ya, esos afectos que te llegan a ti como una bocanada de aire puro como el perfume de las flroes campestres.
Hasta que, a fuerza de sufrir, no hayas aprendido a prescindir de ellos, no los gozarás dignamente.
Los hubieras perdido, sin duda, si no hubieras pagado, cien veces, su precio, sin la menor seguridad de obtenerlos.
Ya no cuentan para ti.
Arrójalos de tu pensamiento.
Mas, si algún día reaparecen, goza de ellos, como de uno de esos paisajes sublimes que se ven al pasear. Son un detalle. No habías venido para ver esto, no; te llamaban otras cosas: el aire, la luz de las altas cimas...
Respiras ya mejor. Ahora espera, en paz, la veradera alegría, las grandes nieves de la conciencia, blancas, brillantes, sin la mancha de una sola pisada, mudas en un dulce silencio... No pienses sino en ellas, no mires más que a ellas, apresúrate y llega, ligero, puro, lleno de sol.
Siente tus debilidades y tus faltas; arrepiéntete de ellas, y sólo de ellas. Tu orgullo, tu renombre, los ímpetus de la vanidad de las horas, ya lejanas, de la partida, todo esto arrójalo más allá de las rocas...
¿No has oído cómo se rompían, rebotando...? ¡Bien muerto está todo ello! La amargura y el abandono, en lugar de indignarte, serán tu sostén por el camino que se abre; esos perros que aúllan guardarán el rebaño de tus pensamientos; sin ellos, ¿qué sería de ti?: tendrías que detenerte, te perderías, sin rumbo. No pierdas ni un instante. Estás, aún, muy lejos. Y debes llegar hasta arriba...
Cuando alcances esas inmensidades puras, se hará un gran silencio detrás de ti. Todos los que gritaban apostrofándote, los que te odian, los que querían aniquilarte a pesar de sus sonrisas, todos los que te seguían por el camino, pero para golpearte, se darán cuenta, bruscamente, de que detrás de ti, ellos también han llegado arriba, a las nieves puras, al aire nuevo, a los horizontes recortados sobre el cielo... Entonces olvidarán su odio y te mirarán con ojos maravillados de niño. Habrán descubierto lo esencial. Sus almas se habrán alzado hasta las cimas que jamás se hubieran atrevido a aceptar como meta, si las hubieran visto. Pero se lo impedía tu espalda, la espalda que ellos golpeaban.
Entonces la victoria será tuya... Podrás, después de haber dado hasta tu último esfuerzo, caer, con los brazos en cruz, desde la gran cima, y rodar, con los guijarros, hasta el fondo del lejano abismo. Todo habrá terminado. La victoria será tuya. Volver a bajar ya no tendrá importancia; habrás dejado la vida con el último esfuerzo, pero los otros estarán allí, al borde de las inmensidades, virginales, de su redención...
¡Canta! ¡Que tu voz resuene en los valles profundos!
No te arrepientas de tus lágrimas.
Lo más duro está ya hecho. ¡Ahora, resiste y resiste! ¡Aprieta los dientes y pon una mordaza a tu corazón! ¡Y sube!
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sábado, 20 de septiembre de 2014
Miguel Serrano - Hitler y Jung
El libro "C. G. Jung Speaking", del profesor William McGuire, ha sido traducido últimamente al castellano y publicado por la editorial Trotta, con el título "Encuentros con Jung". Ahí se reproducen las descripciones de Jung cuando viera a Hitler y a Mussolini juntos, dirigiéndose a una gran concentración de masas. Mientras Mussolini era un hombre normal, "un ser humano", por así decir, hasta simpático, Hitler no lo era, "carente de individualidad, confundido con el alma colectiva de su Nación, poseído por su Inconsciente Colectivo". Y Jung agregaba: "Ni siquiera por el Inconsciente Colectivo de un solo país, sino de toda una raza, de la raza aria. Y es por ello que los oyentes, aun cuando no entiendan el alemán, si son arios, serán arrebatados, hipnotizados por sus palabras, porque los representa a todos ellos, habla por todos. Y si lo hace a gritos, es porque una nación entera, toda una raza, se está expresando a través de él". Así, Hitler es la encarnación del Dios ario Wotan. Está poseído por él, no es ya un ser humano. Y Jung llega a compararlo con Mahoma, con el fenómeno Mahoma, y lo que él fuera y aún es para todo el mundo islámico.
No creo que el profesor Jung haya leído el libro de Kubizek, "Adolf Hitler, mi amigo de juventud", el más importante que se haya escrito sobre el Führer germano, y que nos ilustra como ninguno al confirmar sus apreciaciones, narrando una escena extraordinaria acaecida una noche de su juventud, tras haber asistido los dos amigos a la representación en Linz, de "Rienzi", de Richard Wagner. Fue tan grande la impresión que le produjo esta obra a Hitler (en la que tal vez presentía su propio drama futuro), que marchó con su amigo en total silencio por las calles nocturnas en dirección al bosque, en la montaña. Y cuenta Kubizek que, una vez llegados allí, le tomó una mano entre las suyas y comenzó a hablar como en trance, con una voz que no le pertenecía, admirado él mismo al escucharse. Se refería a Alemania, a los germanos y a lo que él haría por ese pueblo: una revolución total. Y esto lo declaraba un muchacho austríaco de no más de dieciséis años, un completo desconocido. Revela Kubizek que muchos años después, cuando ya Adolf Hitler era el Führer de Alemania, le recordó esa extraordinaria escena de una lejana noche de su juventud. Y Hitler le dijo: "Sí, jamás la he olvidado; porque ahí comenzó todo...".
Como en muchas otras cosas, también el psicoanálisis se ha apoderado de conceptos y expresiones de Nietzsche, sin declararlo ni reconocerlo. Así pasa con la concepción del "Inconsciente", de Freud, que a su vez adoptara Jung ampliándola al Inconsciente Colectivo. Fue Nietzsche quien afirmó que "había algo en él que sabía más de lo que él mismo sabía; porque él no era consciente de saberlo".
Y Jung amplió esta vivencia al afirmar: "Yo sé cosas de usted que usted mismo no sabe y que yo tampoco sé que las sé...".
Sin duda, Jung en los años treinta se sintió intrigado por el fenómeno del nacionalsocialismo, con su fuerza arrolladora, amenazando extenderse mundialmente. Y aceptó la Presidencia de la Sociedad Médica Internacional de Psicoterapia, entrando a reemplazar al hermano de Göring. Además, se había producido su ruptura con Freud y acuñaría su teoría de los "Dos Inconscientes Colectivos", entregándole con ella un arma formidable al nazismo; pero que éste jamás uso, debido a la desconfianza esencial que el hitlerismo tenía de todo lo que proviniese del psicoanálisis y de su terminología.
No hay duda de que para Jung el final de la Guerra fue una catástrofe, temiendo que también toda su obra pudiera ser destruida al vincularlo al hitlerismo, aunque sólo fuera de un modo "filosófico", también por su concepción del Arquetipo, refiriéndose a Wotan o a Vishnú, de modo que Adolf Hitler, al ser poseído por Wotan, pasaba a ser un Avatara, así "ocupado" por una divinidad externa, extraterrestre, como se diría hoy. Al final de sus días, Jung, y por primera vez, declara en el prólogo a mi libro "Las Visitas de la Reina de Saba" que el "Arquetipo" sería una Entidad superconsciente; es decir, un Dios, y no una "representación de los instintos", como hasta entonces lo definieran sus discípulos.
Temiendo por la destrucción de la obra de toda su vida, y a que lo vincularan a Hitler o al hitlerismo, al finalizar la Guerra Jung sufrió tres ataques al corazón. Ya antes había aconsejado a los Servicios Secretos ingleses y norteamericanos de "alargar la guerra; porque Hitler estaba poseído por Wotan, Dios del huracán y la tormenta (Blitzkrieg). Y una tormenta no puede durar mucho tiempo, se va agotando, autodestruyéndose...".
De todos modos, la actitud de Jung, un suizo, fue diametralmente opuesta a la de Heidegger, un alemán, quien se mantuvo firme, como partidario del nazismo, hasta el final, sin pensar en lo que pudiera suceder con su obra.
Y Heidegger recordaría a Ezra Pound: "¡Mantente firme en los viejos sueños, para que tu mundo no pierda la esperanza...!".
miércoles, 17 de septiembre de 2014
Ramón Bau - Sobre la justificación y los límites de la violencia
Siempre he sido un defensor de una estrategia legal de lucha nacionalsocialista, y contrario al uso de la violencia como método de lucha actual en nuestros medios.
Sin embargo, creo que puede ser mal comprendida esta posición sin una explicación a fondo de la ética de la violencia y su uso como método de lucha política.
Entre los medios que llamaríamos "fascistas" existe una mezcla entre el sentimiento de la violencia, el coraje y la capacidad de defenderse dignamente, como "valor" y la propaganda del sistema sobre el sentido violento esencial del "fascismo".
Las bases éticas del sistema
“Nosotros los que somos de otra ciencia, nosotros los que consideramos el movimiento democrático no meramente como una forma de decadencia de la organización política, sino como la forma de decadencia, esto es, de empequeñecimiento, del hombre....” - Friedrich Nietzsche ("Como filosofar a martillazos")
Lo primero que hay que entender es que el Sistema condena la violencia en base a un principio: las cosas se arreglan mediante el voto, o sea, la violencia es ilícita porque la democracia permite solucionar los problemas expresando el deseo la mayoría.
Este argumento, absolutamente falso y manipulado, ha sido tan sistemáticamente imbuido por todos medios de difusión que ha calado muy profundamente en la masa media.
Los argumentos contra esa base ‘democrática’ tienen varios niveles:
Primero: Y fundamentalmente, la democracia no existe, es una plutocracia, es un sistema dictatorial del dinero, por tanto no existe libertad de expresión sino de mercado de información. El dinero bloquea todo camino a la libre exposición de ideas en medios de masas. Para poder expresarse es preciso tener dinero, no el tener la razón.
Segundo: En todo caso la expresión de ideas nacionalsocialistas está totalmente prohibida en muchos países y en otros casi totalmente (como en España), de forma que al prohibir la pacífica expresión de ideas queda ya justificado incluso según su "moral" el uso de la violencia por parte del nacionalsocialismo contra esa dictadura plutocrática.
Tercero: La democracia ha usado y usa la violencia cuando la precisa incluso contra el deseo expresado en votos. Recordemos por ejemplo que apoya y promovió golpes como los de Argelia o Turquía cuando partidos legales islámicos estaban logrando pacíficamente la mayoría de votos. Y eso lo ha hecho en docenas de ocasiones, siempre que ha sido necesario para los intereses plutocráticos.
La democracia apoyó totalmente a Israel pese a que usa la violencia, la expulsión y la limpieza étnica contra el voto palestino.
Se llama a Hitler "dictador" pese a que subió con mayoría de votos aplastante.
Derrocó mediante un golpe organizado por la CIA a Perón pese a que tenía el apoyo popular y de voto... y así podemos seguir ad infinitum.
Recordemos al miserable político "socialista" Lluch que apoyaba y aplaudía a ETA cuando gobernaba Franco, y cuando luego fue asesinado por ETA se deshacían sus amiguetes la boca en condenas. La democracia-plutocracia es hipócrita en su propia esencia.
Las bases utilistas del sistema
La mafia que "protege" a un comerciante de sus propias represalias si no paga esa "protección" también es "pacifista".
Hay otra forma de razonar por parte de los plutócratas para justificar la condena a la violencia, son las razones que llamaríamos "utilistas". Ellos dicen:
“Si la democracia lleva un sistema capitalista, pero es el menos malo de los sistemas, si lo pretendemos cambiar entraremos en un ciclo de luchas y violencias que ya hemos soportado en el pasado y que son horrorosas. Mejor un mal conocido que un estado de violencia enorme aunque pudiera mejorar teóricamente los males actuales del Sistema”.
La violencia sería inútil porque provocaría daños mucho mayores a los males que quiere solucionar. O sea, para arreglar los males de la democracia-capitalismo o de regímenes no democráticos pero "políticamente correctos", como Turquía o Egipto, el grado de violencia que hay que aplicar es tan grande que provocaría mayores males que los que pretende arreglar.
Este argumento tiene una triple lectura:
Primero: Es cierto, o sea tienen razón en que para librarnos del poder económico capitalista vamos a tener que aplicar una violencia fuerte, que es lamentable de tener que ejercer y soportar. Y el motivo es que los capitalistas, los demócratas, usarán todo su dinero y poder para oponerse al cambio y provocarán atentados, guerras y todo tipo de desmanes, compraran tiranos o militares, crearán hambres o crisis, todo para salvar su dinero y poder.
Segundo: Es un claro chantaje, la democracia nos asegura la no violencia si somos obedientes a su dictadura.
Tercero: Minimiza los males y las ventajas del cambio. La gente del pueblo actual no puede ni imaginar como sería la vida sin capitalismo, el cambio de vida, de sentimientos, las formas artísticas y humanas, la ecología, el tercer mundo, las ciudades, el orden o las familias, la educación y el honor, el cambio es tan radical que es difícil de imaginar a los que solo han vivido ese infecto mundo del dinero y la usura. Con los medios modernos y una dirección sana el mundo sería otra cosa.
La eliminación del capitalismo podría ser sencilla y pacífica sin su resistencia violenta, son ellos, la mafia del dinero, los que hacen precisa una revolución violenta.
Las bases pacifistas contra la violencia
En democracia es menos grave robar que defenderse. El pacifismo es el virus que el sionismo nos inculca para evitar nuestra defensa ante sus opresiones.
Existe una creciente propaganda en difundir que toda violencia es mala, sea cual sea el motivo, todo hay que arreglarlo con diálogo. La violencia engendra violencia y no da justicia sino más injusticia. La izquierda progresista es muy partidaria de este mensaje, excepto cuando son ellos son que son atacados, claro. Pero lo importante es su mensaje, que apoyado por una parte importante de las iglesias "cristianas", ha influido mucho en las masas conservadoras moderadas y en las masas de una izquierda utópica.
Hoy en día el asesino, el violador, el ladrón, el vendedor de drogas, el corruptor son "personas a educar", son gente repleta de "derechos humanos", el niño que escupe al profesor no puede ser abofeteado, los chicos de 15 años que pinchan con navaja al educador o a su hermano no son juzgados, la dejadez, la blandura ante la decadencia y la delincuencia es total. El pacifismo es una dejadez moral que sufre toda la sociedad, provocada por la propaganda sionista para destruir las bases de resistencia personal contra el mal. Hay que doblegar el espíritu natural del hombre ario, el sentido común, que le hace responder violentamente ante las agresiones, la mala educación y los atentados al honor, convertir ese sentido común en un sentido de "culpa" constante, no ya de "perdón" sino de incapacidad para juzgar y responder a las agresiones... y las opresiones.
El pacifismo es una enfermedad del espíritu inyectada como virus por la prensa usuraria, una enfermedad que proviene del relativismo y del abandono de la capacidad de juzgar y de indignarse, llevando a una humanidad de borregos.
Nuestras bases éticas sobre la violencia
Si el pacifismo es la enfermedad que nos quiere inculcar el sionismo, la brutalidad es la enfermedad que a veces sufren nuestros medios.
Nuestra ética no es antiviolencia, no creemos que la fuerza sea un elemento desechable para arreglar estados injustos o situaciones de opresión.
Para nosotros hay actitudes y hechos que solo pueden ser contestados por una cierta violencia. Un chico que escupe al profesor debe recibir un castigo físico inmediato, proporcionado y no brutal, pero si inmediato y sin dudas.
Ante un intento de agresión se debe poder contestar con la fuerza necesaria para repelerla, sin que la defensa propia excluya el uso de fuerza superior al del agresor. Es ridícula esta legislación que ha condenado a un joyero por disparar contra su atracador que "solo" llevaba una navaja. Es increíble que se procese a un policía que dispara contra el atracador con pistola que esta huyendo si éste no dispara primero.
Pero esta clara visión de sentido común no debe llevar a confundir la violencia necesaria y justa con la brutalidad. Hay "camaradas" que creen que toda violencia es buena y, lo peor, que la práctica de la violencia es un elemento educador positivo.
La violencia en si no es algo positivo, es algo necesario, pero no positivo. No nos gusta usar la violencia pero no aceptamos que ese "no gustar" sea superior a la necesidad de justicia y de solucionar los problemas que exigen violencia.
No nos gusta la guerra, las frases como: "La guerra es el padre de todos los seres y reina sobre las cosas. A unos los muestra como dioses, a otros como humanos, a unos como esclavos, a los demás, libres" (Heráclito) tienen su raíz en otros tiempos, cuando una casta guerrera luchaba por la supervivencia de los pueblos en estado de continua guerra, pero la guerra es una miseria que debemos evitar en lo posible.
Las víctimas de la guerra son siempre inocentes, personas que sufren injustamente.
Hoy día deberíamos traducir en este tipo de frases "guerra" por "enfrentamiento", en el sentido personal. La necesidad de defensa, de saber enfrentarse al peligro, las situaciones extremas, descubren al cobarde y al héroe, ponen de manifiesto la honradez y la doblez, este es el sentido correcto de este tipo de expresiones.
No a la crueldad, a la brutalidad y la guerra. Nuestra voluntad es de una vida pacífica pero no pacifista.
Una visión estratégica de la no violencia en el nacionalsocialismo actual
Buscamos una lucha legal solo y únicamente porque no podemos luchar por otros medios en este momento. No tenemos respeto alguno por la dictadura plutocrática actual.
Como hemos dicho el sistema plutocrático puede ser éticamente destruido por la violencia, al ser una dictadura violenta e hipócrita.
No hay ningún sentimiento de respeto o de "pacifismo" frente al sistema, no tenemos ninguna cortapisa ética para destruirlo si pudiéramos por medios violentos, puesto que el sistema usa y se impone mediante la violencia y la tiranía.
No nos dejamos engañar por las apariencias legalistas ni por la trampa electoral, sabemos que son solo marionetas y señuelos, máscaras, del usurero, y que detrás está su violencia y brutalidad absoluta cuando sea precisa para defender el poder de su oro.
Pero hoy en día, ahora y aquí, la lucha revolucionaria contra el Sistema pasa por aceptar una lucha no violenta. No es una decisión libre, es la única posible.
La lucha violenta contra el sistema es por ahora imposible y solo comporta una represión mayor contra todos, no solo contra los que han seguido la lucha violenta sino que recrudece las legislaciones contra los que tratan aun de sobrevivir en la lucha legal, ya de por si llena de dificultades legales.
Por tanto la lucha violenta es un error estratégico, es un problema para la lucha antisistema actualmente, pero además no solo es un error sino que es una traba para nuestra lucha y por tanto debemos explicar y tratar de convencer a los que no lo entienden así los problemas que nos causan y evidentemente distanciarnos de ellos en la lucha.
He hablado de lucha violenta, no de lucha ilegal. La legalidad no es más que una farsa en este tema, las prohibiciones contra el Nacionalsocialismo son una opresión, y cualquier medio para saltárselas es ético. No hay ética en las leyes democráticas contra el Nacionalsocialismo, solo hay opresión.
La lucha ilegal no violenta es perfectamente aceptable, aunque es preciso estar preparado para ello, pues sin esa preparación lo único que se consigue es quemar a los camaradas y generar problemas personales. Una lucha ilegal no violenta es una opción válida pero que exige una fuerte preparación y análisis de los medios a usar.
lunes, 15 de septiembre de 2014
Adolf Hitler - La falta de un elemento responsable en el sistema parlamentario (extracto de Mein Kampf)
Lo que más me preocupó en la cuestión del parlamentarismo fue la notoria falta de un elemento responsable.
Por funestas que pudieran ser las consecuencias de una ley sancionada por el Parlamento, nadie lleva la responsabilidad ni a nadie le es posible exigirle cuentas.
¿O es que puede llamarse asumir responsabilidad al hecho de que, después de un fiasco sin precedentes, dimita el gobierno culpable, o cambie la coalición existente, o, por último, se disuelva el parlamento?
¿Puede acaso hacerse responsable a una vacilante mayoría? ¿No es cierto que la idea de responsabilidad presupone la idea de la personalidad?
¿Puede prácticamente hacerse responsable al dirigente de un gobierno por hechos cuya gestión ejecución obedecen exclusivamente a la voluntad y al arbitrio de una pluralidad de individuos?
¿O es que la misión del gobernante –en lugar de radicar en la concepción de ideas y planes constructivos– consiste más bien en la habilidad con que éste se empeñe en hacer comprensible a un hato de borregos (los parlamentaristas) lo genial de sus proyectos, para después tener que mendigar de ellos mismos una bondadosa aprobación? ¿Cabe en el criterio del hombre de Estado poseer en el mismo grado el arte de la persuasión, por un lado, y por otro la perspicacia política necesaria para adoptar directivas o tomar grandes decisiones?
¿Prueba acaso la incapacidad de un Führer el solo hecho de no haber podido ganar en favor de una determinada idea el voto de la mayoría de un conglomerado resultante de manejos más o menos honestos?
¿Fue acaso alguna vez capaz ese conglomerado de comprender una idea, antes de que el éxito obtenido por la misma revelara la grandiosidad de ella? ¿No es en este mundo toda acción genial una palpable protesta del genio contra la indolencia de la masa?
¿Qué debe hacer el gobernante que no logra granjearse el favor de aquel conglomerado para la consecución de sus planes?
¿Deberá sobornar? ¿O bien, tomando en cuenta la estulticia de sus conciudadanos, tendrá que renunciar a la realización de medidas reconocidas como vitales, dejando el gobierno, o quedarse en él a pesar de todo?
¿No es cierto que en un caso tal el hombre de verdadero carácter se coloca frente a un conflicto insoluble entre su compresión de la necesidad y su rectitud de criterio o, mejor dicho, su honradez?
¿Dónde acaba aquí el límite entre la noción del deber para la colectividad y la noción del deber para la propia dignidad personal?
¿No debe todo Führer de verdad rehusar que de ese modo se le degrade a la categoría de traficante político?
¿O es que, inversamente, todo traficante deberá sentirse predestinado a “especular” en política, puesto que la suprema responsabilidad jamás pesará sobre él, sino sobre un anónimo e inaprehensible conglomerado de gentes?
Sobre todo, ¿no conducirá el principio de la mayoría parlamentaria a la demolición de la Idea-Führer?
Pero, ¿es que aún cabe admitir que el progreso del mundo se debe a la mentalidad de las mayorías y no al cerebro de unos cuantos?
¿O es que se cree que tal vez en el futuro se podría prescindir de esta condición previa, inherente a la cultura humana?
¿No parece, por el contrario, que ella es hoy más necesaria que nunca? Negando la autoridad del individuo y sustituyéndola por la suma de la masa, presente en cualquier tiempo, el principio parlamentario del consentimiento de la mayoría peca contra el principio básico de la aristocracia de la Naturaleza, y bajo este punto de vista, el concepto negativo que el parlamentarismo tiene sobre la nobleza nada tiene que ver tampoco con la decadencia actual de nuestra alta sociedad.
Difícilmente podrá imaginarse el lector de la prensa judía, salvo que haya aprendido a discernir y examinar las cosas independientemente, qué estragos ocasiona la moderna institución del gobierno democrático-parlamentario; ella es ante todo la causa de la increíble proporción en que ha sido inundado el conjunto de la vida política por lo más descalificado de nuestros días. Así como un Führer de verdad renunciará a una actividad política que en gran parte no consiste en obra constructiva, sino más bien en el regateo por la merced de una mayoría parlamentaria, el político de espíritu pequeño, en cambio, se sentirá atraído por esa actividad.
Cuanto más tacaño fuera, hoy en día, en espíritu y saber, un tal mercader de cueros, cuanto más clara su propia intuición le hiciera ver su triste figura, tanto más alabará un sistema que no le exige la fuerza y el genio de un gigante, sino que se contenta con la astucia de un alcalde y llega incluso a ver con mejores ojos esa especie de sabiduría que la de Pericles. Además de eso, un paleto así no precisa atormentarse con la responsabilidad de su acción. Él esta fundamentalmente exento de esa preocupación, porque, cualquiera que fuere el resultado de sus locuras como estadista, sabe muy bien que, desde hacer mucho tiempo, su fin está escrito: un día tendrá que ceder el lugar a otro espíritu tan pequeño como el suyo propio. Una de las características de tal decadencia es el hecho de aumentar la cantidad de “grandes estadistas” en la proporción en la que contrae la escala del valor individual. El valor personal tendrá que volverse menor a medida que crece su dependencia de las mayorías parlamentarias, pues tanto los grandes espíritus rehusarán a ser esbirros de ignorantes y parlanchines, como inversamente los representantes de la mayoría, esto es, de la estupidez, odiarán a las cabezas que se destaquen.
Siempre consuela a una asamblea de papanatas, consejeros municipales, saber que tienen a su cabeza un jefe cuya sabiduría corresponde al nivel de los presentes. Cada cual tendrá el placer de hacer brillar, de cuando en cuando, una chispa de su ingenio, y, sobre todo, sí Pedro puede hoy ser jefe, ¿por qué no lo puede ser Pablo mañana?
Pero, últimamente, esa invención democrática hizo surgir una actitud que hoy se ha transformado en una verdadera vergüenza, como es la cobardía de gran parte de nuestros llamados líderes. ¡Qué felicidad poder esconderse, en todas las verdaderas decisiones de alguna importancia, detrás de las llamadas mayorías! Véase la preocupación de uno de esos salteadores políticos en obtener a ruegos el asentimiento de la mayoría para, en cualquier momento, poder alienar la responsabilidad. Y es esta una de las principales razones por las que esa especie de actividad política es despreciable y odiosa a todo hombre de sentimientos decentes y, por tanto, también de valor, al tiempo que atrae a todos los caracteres miserables –aquellos que no quieren asumir la responsabilidad de sus acciones, sino que antes procuran huir, no pasando de cobardes villanos. Las consecuencias se dejarán sentir tan pronto como tales mediocres formen el gobierno de una Nación. Faltará entereza para obrar y se preferirá aceptar las más vergonzosas humillaciones antes de erguirse para adoptar una actitud resuelta, pues nadie habrá allí que por sí solo esté personalmente dispuesto a arriesgarlo todo en pro de la ejecución de una medida radical.
Existe una verdad que no debe ni puede olvidarse: es la de que tampoco en este caso una mayoría estará capacitada para sustituir a la personalidad en el gobierno. La mayoría no solo representa siempre la estupidez, sino también la cobardía. Y del mismo modo que de cien cabezas huecas no se hace un sabio, de cien cabezas no surge nunca una decisión heroica.
Cuanto menos grave sea la responsabilidad que pese sobre el Jefe, mayor será el número de aquellos que, dotados de ínfima capacidad, se crean igualmente llamados a poner al servicio de la Nación sus “imponderables fuerzas”. Con impaciencia esperan que les llegue el turno; forman una larga fila y cuentan, con doloridos lamentos, el número de los que esperan delante de ellos y casi calculan la hora sobre cuándo, posiblemente, alcanzarán su deseo. De ahí que sea para ellos motivo de regocijo el cambio frecuente de funcionarios en los cargos que ellos apetecen y que celebren todo escándalo que reduzca la fila de los que por delante esperan.
En el caso de que uno de ellos no quiera dejar la posición alcanzada, casi se considera eso como una quiebra de una combinación sagrada de solidaridad común. Entonces es cuando ellos se vuelven intrigantes y no descansan hasta que el desvergonzado, al final vencido, pone su lugar nuevamente a disposición de todos. Por eso mismo, no alcanzará él tan pronto esa posición. Cuando una de estas criaturas es forzada a desistir de su puesto, procurará inmediatamente entrometerse de nuevo en la hilera de los que están a la expectativa, a no ser que lo impidan, entonces, los gritos y las injurias de los demás.
La consecuencia de todo esto es la espeluznante rapidez con que se producen modificaciones en las más importantes jefaturas y oficinas públicas de un organismo estatal semejante, con un resultado que siempre tiene influencia negativa y que muchas veces llega a ser hasta catastrófico, porque no sólo el estúpido y el incapaz son lesionados por esos métodos de proceder, sino incluso los verdaderos jefes, si algún día el Destino los sitúa en esas posiciones de mando.
Después que se verifica la aparición de un hombre excepcional, inmediatamente se forma un frente cerrado de defensa, sobre todo si una cabeza tal, no saliendo de las propias filas, osara penetrar en esa sublime sociedad. Lo que ellos quieren fundamentalmente es permanecer entre sí, y es considerado enemigo común todo aquél que pueda sobresalir en medio de tales nulidades. En este sentido, el instinto es tanto más agudo cuanto es inoperante en otros aspectos.
El resultado será siempre un creciente empobrecimiento espiritual de las clases dirigentes. Cualquiera, desde el momento que no pertenece a ese clan de “jefes”, puede juzgar cuáles serán las consecuencias para la Nación y para el Estado.
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